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| columnadigital.com.ar publicación quincenal on-line info@columnadigital.com.ar buenos aires fundador / director Hugo Lucchelli Bonadeo secretario de redacción René Palacios More fotografía Luis Suvervil redactores Tomás Cardoso Ana María Carreira Juan Carlos Martínez Emilio Meincke Luciana V. Merkt Alfredo Rando Marcelo Vallejos Cristina Villanueva colaboradores Elba Fonrouge Daniel Pires Mateus Ernesto Zambrini corresponsales Copenhague Lucas Ruiz Londres Pilar Barrenechea Oslo Lucas Ruiz París F.J. González Carrillo y Wals Roma Mara Morales Giambelluca Santiago Karina Gutiérrez Sevilla Ana González Wals paneles web Daniel Fabián Pazo asesora legal Silvia Najul |
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| [política argentina] Emilio Meincke Desde dónde y hacia dónde Una de las formas más corrientes de averiguar por las conductas humanas consiste en responder a la pregunta “¿Qué hace X?”. Sin embargo, una variante que buscara un poco más de profundidad en el asunto incluiría esta otra: “¿Qué efecto produce lo que hace X?”, o más sutilmente: “¿Qué pasa cuando actúa X, más allá de las intenciones que guían sus actos?” Si adoptamos esta última forma para iniciar un análisis de la gestión del actual Gobierno (y por cierto el de su antecesor, al que está indisolublemente unido por lazos estratégicos y otros más obvios), nos encontraremos con un panorama que incluye una gran cantidad de situaciones reveladoras de la generación de un contexto inédito en los últimos años y muy difícil de hallar a lo largo de la historia de nuestro país. Ese contexto se resuelve en pequeñas cosas que muchas veces pasan desapercibidas para la mayoría de los lectores de diarios, las audiencias de radio y los televidentes, y no son trofeos políticos exhibidos por los funcionarios de Gobierno quizá, precisamente, por cuestiones “políticas” o “de diplomacia interna”, pero que representan señales o síntomas que no se deberían dejar pasar sin más. Pondremos como ejemplo dos de estos hechos para ilustrar lo que queremos decir. El primero remite a la citación a indagatoria del periodista estrella de la prensa opositora, Joaquín Morales Solá, por hechos de los cuales aparentemente fue protagonista más de treinta años atrás. Su presencia en una escuela del interior de Tucumán, que hacía las veces de campo de concentración probada por un irrefutable documento fotográfico, en compañía de altos mandos militares de la época, avalaría la tesis de que fue cuanto menos testigo privilegiado de las aberraciones y los crímenes que los militares llevaron a cabo en esa provincia; su silencio, al no denunciar esos hechos con el advenimiento de la democracia, lo involucrarían seriamente tanto desde el punto de vista político como desde el judicial. En el caso intervienen funcionarios judiciales que no se han apartado ni un centímetro de la ruta señalada por la ley. No son las autoridades políticas las que han ordenado la investigación, pero es impensable imaginar la misma situación si fuera de otra tonalidad la melodía que emana de la orquesta estable del Gobierno. Otro hecho que emerge como síntoma de algo nuevo es la aparición de una agrupación de jóvenes que ha adoptado el nombre de La Cámpora, invocando la figura de un hombre cuya actuación recién en estos tiempos ha llamado la atención de los estudiosos de la política y la historia argentinas. Su nombre trae a escena un imaginario de actividad participativa del pueblo, de organización barrial, de lucha, de la política como herramienta transformadora y no como profesión. Es notable que estos jóvenes hayan elegido el nombre de un oscuro dentista de pueblo devenido Presidente de la Nación por esos vericuetos de la agitada interacción política de los años ’70, que irrumpió en la escena política de entonces con la bandera de la lealtad al líder en una mano y la de la revolución social en la otra. Es de suponer que la elección de los jóvenes de hoy ha encontrado sus razones más en esta última que en la primera. Desde dónde La fotografía de la Argentina de 2001-2003 parece un amargo recuerdo para la mayoría de los habitantes de este país; y sin embargo hay quienes se empeñan en volver a las formas y los métodos que condujeron a ese caos y a ese desorden, como si el inconsciente colectivo no hubiera registrado los males que los causaron. Quedan fuera, claro está, los grupos a los que ninguna crisis afecta demasiado porque tienen los huevos repartidos en todas las canastas, y, por añadidura, ven con absoluta desconfianza las medidas del Gobierno en el sentido de apuntalar los símbolos que representan los derechos humanos y la justicia social. Sus intereses, sin embargo, no han sufrido menoscabo alguno, y, por el contrario, han inflado sus cuentas bancarias las de cabotaje y las otras como pocas veces en la historia. El Gobierno camina en dirección contraria al paradigma neoliberal que ha devastado al planeta, aun cuando sus pasos les parezcan lentos a algunos. Nadie duda de que un revés electoral en los próximos comicios improbable por el momento, pero nunca se sabe significaría un importante retroceso en el camino a la paz social. Hacia dónde Los sectores que sueñan con un país desarrollado industrialmente, más justo e independiente de las directivas impartidas desde los centros internacionales de poder, piensan que tendrán su oportunidad a partir de octubre, cuando el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner afiance su autoridad respaldado en el consenso que le otorgarán las urnas para esas fechas. Pero ese camino estará plagado de obstáculos construidos meticulosamente desde afuera y desde adentro, y es posible que en algún momento la llamada oposición abandone su desopilante y afiebrado discurso que más que sumarle adeptos hunde en el desconcierto a sus militantes mejor intencionados y se constituya en una alternativa razonable para aquellos electores sensibles a las invocaciones que proclaman defectos por diestra y siniestra de la gestión oficial. Cuentan, a qué negarlo, con armas poderosísimas, más poderosas incluso que aquellas de las que puede disponer su contrincante. La mayor parte de los medios de difusión dibuja escenarios que, más allá de su cercanía o no de la realidad, forman opinión y crean sentido común, aunque la mayoría de las veces sus posturas vayan en contra de las leyes de la sana lógica. Esta prédica incesante, sin embargo, pareciera que ha potenciado la vibrante reacción del oficialismo y la aparición de espacios juveniles como el mencionado más arriba. Hoy, más que nunca, hay una cuerda tendida entre dos sectores bien definidos y da la sensación de que nadie puede mantenerse al margen de la obligación de ubicarse de un lado de ella. Esto, en lenguaje corriente, se llama politización, y la politización jamás ha favorecido a los grupos de poder concentrado. ## |
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| [creación] Tomás Cardoso Pobre rey viejo Tres palabras motivan esta página: poor old king, pobre rey viejo. Se refieren a Saturno, & pueden encontrarse en el primer libro del poema de John Keats, Hyperion. Esas tres poderosas palabras dicen todo lo que tengo para decir. Anotaré dos o tres ecos que vengan a mi memoria, & luego me retiraré, sin haber dicho más que lo ya dicho con mayor encanto & efecto por el poeta. El primer rostro de Saturno que vendrá a la memoria de mi lector tal vez sea aquel desaforado de Goya, con los ojos hinchados de sangre, el cuerpo de uno de sus hijos entre los dientes & esa mirada desesperada, que si nos mueve a la compasión es por el miedo que nos inspira: la peor clase de compasión posible. Luego, san La Muerte (el Emancipador de las Almas, que las arranca con mano siniestra, la guadaña siempre afilada & brillante) nos muestra otro rostro posible de Saturno, Father Time, un anciano venerable por lo sabio (pero es el tipo de sabiduría que nos mueve a la veneración por el miedo que nos inspira: la peor clase de veneración posible), un frecuentador de la eternidad, que carga en su rostro con el estigma de haber visto lo que ningún dios ni mortal debería vivir para ver. Ese hombre viejo ya nos prepara para conocer al rey decadente de las tres líneas de Keats que le dan título a esta nota, y también para conocer a ese otro rey en la picota, el viejo Lear (Lear el de la tempestad en la mente, Lear a quien el Bufón reprocha de este modo: “Nadie debería volverse viejo antes de volverse sabio.”). Si la estética del fracaso es la única perdurable, como nota Jean Cocteau, las imágenes que puedan nacer de la decadencia de un rey cargarán con una belleza que no encontraremos en las descripciones de sus triunfos. Así, una nostalgia feliz de Baudelaire, “Soy como el rey de un país lluvioso”, o una imaginación de Tom Petty, “El nuevo rey se esconde detrás del trono: no quiere que lo coronen”, pueden cargar con esa belleza de la que hablo: esa decadencia sublime, como en la escena que lleva la idea del rey caído a su mayor cumbre estética, aquella de Dios hecho hombre, agonizando en una cruz, con un cartel burlón sobre la cabeza coronada de espinas, preguntando al viento y preguntándose “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Poor old king. Pero también hay un rey latente, un rey oculto. De ahí el nombre de nuestra lengua madre, el latín (“yo me oculto”: lateo). Quien se oculta es el mismo Saturno, después de que sus hijos (Neptuno, Júpiter, Plutón, Juno) lo han destronado y mutilado, y se han repartido el Universo echando suertes: sorte datum (estas dos palabras son de Virgilio, y resultan aún más inspiradoras que las tres de Keats: la poesía tiende a alcanzar la elocuencia del silencio). También los hombres embarcados con Jonás (Jonás el ojeado por Yahvé, Jonás el perseguido por la tormenta, como Lear) echaron suertes sobre quién era el culpable de la tempestad que los asediaba, y también los soldados de Roma echaron a la suerte las vestiduras del Hijo, a los pies de la cruz aún caliente de su cuerpo, para ser también ellos parte de la profecía (Juan 19:24). Entonces: el latín, hemos visto, toma su nombre de un rey en el exilio. Tal vez todo hombre que use una lengua sea como Saturno destronado. También Babel tuvo su época gloriosa: que duró poco. Y nosotros, pobres reyes viejos, condenados a la memoria de la manzana, no sabemos su sabor. ## |
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